lunes, 23 de junio de 2014

Y así nació Tomás.

Tomás tenía como fecha probable para su nacimiento el 8 de abril. Según mis cálculos era el 4, aunque mi instinto me decía que nacería en marzo. Había tenido un embarazo perfecto, sin vómitos, sin mareos, sin complicaciones de ningún tipo. Sí tuve un poco de acidez al principio, mucho sueño durante casi todos los nueve meses y un poco de hinchazón en los tobillos algún día del último mes. Es más, hasta la semana anterior a que naciera Tomás, yo seguí yendo al club a nadar tres veces por semana, y mi doc me despedía en cada control con la frase “vida normal”.

Progresión de una panza

Última foto con panza

¡Salió body painting!

Una genia Xime

Los papás de Tomás




El jueves 27 de marzo arrancaba mi tan esperada licencia maternal, para la cual ya tenía un montón de proyectos: peluquería, depiladora (esto con carácter de imprescindible y urgente), hacerme las manos y los pies, visitas varias y últimas idas a la piscina. Pero lo único que no podía controlar ni planificar eran las ganas de Tomás por conocernos personalmente.

Fue así que el miércoles 26 de marzo, mi último día de trabajo antes de la licencia, me desperté cerca de las seis de la mañana con un “dolor de barriga”. Fui al baño y volví a la cama para dormir un rato más antes que sonara el despertador por última vez en las próximas 14 semanas, pero el dolor no se iba. Me levanté y me fui a bañar, porque mi intención era prepararme para ir a trabajar.

Pablo (mi marido), preparaba el desayuno como cualquier otro día. Pero yo salí de la ducha y el “dolor de barriga” era cada vez más fuerte. Me acosté en posición fetal, y le conté a Pablo que era un dolor que iba y venía... ¿Y si eran contracciones? Durante la mayor parte de mi embarazo no pude distinguir qué era una contracción, hasta que en pleno control con mi doc mientras me revisaba la panza me dice: “ESO es una contracción”. Desde ese momento supe que había tenido varias a lo largo de los últimos meses, sin yo reconocerlas. Mi marido siguió aprontándose, pensando que en un rato se me iban a pasar los dolores y así poder ir a trabajar. Pero eso nunca pasó: los dolores aumentaron y se hicieron cada vez más frecuentes.

Avisé en mi trabajo que seguramente no iría (no quería asustar a nadie diciendo las tres palabritas mágicas: “trabajo de parto”) y me fui al sillón a mirar tele, porque ya no aguantaba la cama. Así pasé casi toda la mañana, el mediodía y parte de la tarde, entre el sillón y mi pelota de pilates. Cuando venía la contracción (sí, confirmadísimo: eran contracciones) me arrodillaba en posición de cuadrupedia sobre la pelota, mientras intentaba respirar llenando de aire mi caja torácica, e intentando aplicar todas las técnicas aprendidas en el taller de parto y la gimnasia para embarazadas… Lo cual logré unas cuantas horas creo yo, y gracias a la ayuda de Pablo que cuando me veía muy descontrolada me recordaba cómo era que tenía que respirar.

A todo esto, cuando el dolor me lo permitía, le avisaba a mi marido que estaba llegando la contracción para que fuera tomando nota y controlando los tiempos. Como fuimos muy buenos aprendices, sabíamos que teníamos que esperar a tener tres contracciones durante 10 minutos por más de dos horas, para recién ir al hospital. Yo siempre había dicho en broma que seguramente “llegara con el botija entre las piernas”, porque para evitar ir antes de tiempo lo más probable es que dijera “vamos a esperar un ratito más… un ratito más…”. Sabía que no quería llegar al hospital, que me revisaran y que me mandaran para mi casa por apurada.

Estuve casi 10 horas en trabajo de parto antes de salir rumbo al hospital. Cuando por fin nos decidimos a salir (tras cargar valija, bolso y obviamente la pelota de pilates), no fue fácil subirme al auto. “Esperá que pase esta contracción y me voy a vestir… esperá que pase esta otra y voy al baño… ya pasa esta contracción y me subo al auto”.

Cuando llegamos a la emergencia del hospital, la doctora que me revisó me dio la noticia: “tenés 10 de dilatación”. ¡INCREÍBLE! Había hecho todo el trabajo de parto con mi esposo, en casa, los dos solitos, tranquilísimos y sin enterarnos… Yo estaba convencida que al llegar al sanatorio con suerte me dirían que tenía tres, cuatro centímetros de dilatación, y que recién ahí empezarían las contracciones realmente dolorosas por quién sabe cuántas horas más. Ahora y en perspectiva, puedo decir que en ningún momento me descontrolé como veo en las películas o en los programas del cable sobre partos (a los cuales me hice adicta), nunca lloré por el dolor, nunca grité ni pataleé. Tal vez fue justamente por eso, por pensar que todo recién estaba empezando cuando en verdad ya estaba culminando. No me voy a hacer la mística y decir que el dolor me conectó con el cosmos. No. Las contracciones fueron muy dolorosas, pero en mi caso en vez de gritar o llorar (otra vez, gracias al taller de parto), predominó el silencio y los mimos de mi esposo, abrazada a la pelota en el living de mi casa.

Tras la llegada a la emergencia del hospital y con la noticia de los 10 de dilatación, llamamos a mi doc (habíamos quedado en eso) para que viniera a atender nuestro parto. No respondió y no había demasiado tiempo que perder, así que finalmente la doctora que me recibió en la emergencia fue quien me atendió.

A partir de ahí no todo fue tan maravilloso como lo había sido hasta el momento. Fuimos a la sala de preparto y allí me rompieron la bolsa, pero al hacerlo salió meconio. Eso significaba que Tomás debía abandonar cuanto antes el único hogar que conocía hasta el momento. Pero yo no sentía el deseo de pujo que tantas veces me habían dicho que iba a sentir en algún momento, aunque la verdad es que ya no sabía qué sentía. Las contracciones seguían siendo dolorosas, me habían dejado la chata puesta desde el momento en que me rompieron la bolsa, la doctora no me dejaba sentarme en la cama para pujar… Fue todo bastante intenso, pero se puso más intenso cuando al controlar los latidos de Tomás, estos bajaban con cada esfuerzo que yo hacía por pujar. Intentaron pasarme oxitocina para ver si llegaba ese bendito deseo de pujo, pero tras pincharme una, dos… cuatro veces sin éxito, desistieron.

Lo intenté un par de veces, pero los latidos seguían bajando con cada pujo. Semanas después y charlando con mi esposo sobre ese día, le comenté sobre el momento de pujar, y que yo realmente no sentía ese famoso “deseo”, por lo tanto no podía hacer fuerza… “qué no ibas a hacer fuerza si la panza se te transformaba toda”… ahí me di cuenta que ni enterada estaba de lo que pasaba de mi cintura para abajo. Volviendo al día del parto, ante ese panorama la doctora me propuso ir a cesárea. No había lugar a dudas: ¡el pequeño tenía que nacer! Así que me vestí con tnt para la ocasión, y me llevaron para la sala de operaciones. No me sentí decepcionada en absoluto por no poder traer al mundo a mi Tomás tal y como lo habíamos pensado. Tanto su papá como yo, habíamos hecho todo lo que podíamos para tener un parto natural, y creo que bastante bien lo hicimos.

Las contracciones eran cada vez más fuertes, y en vistas de la inminente cirugía, yo que había sido defensora del parto sin medicación (marche un parto sin epidural para mí), en lo único que pensaba era en que se apuraran a darme la raquídea. Si de todas formas iba a dejar de sentir, ¡que lo hicieran cuanto antes!

Ya en la mesa de operaciones y perdiendo la sensibilidad en mi tren inferior, vi a los médicos mirando con cara de preocupación hacia mi espalda. Nunca supe qué miraban, sólo sé que mi presión estaba aumentando: 18 la máxima y no-sé-ni-me-importa-cuánto la mínima. Listo, tuve preeclampsia en plena sala de operaciones (confirmado con análisis posteriores que indicaron que no fue un aumento de la presión por los nervios del momento).

Pablo estaba sentado a mi lado, intentando transmitirme tranquilidad aunque su cara fuera de pánico por todo lo que escuchábamos que se hablaba entre los médicos. Él vio cómo me abrían y me manipulaban, e instantes después, cómo sacaban a nuestro Tomás de mi interior. Lo vio TODO. Yo afortunadamente no sentí ningún tipo de dolor, ni de presión, ni nada de NADA. E increíblemente estaba muy tranquila, casi en paz diría.

Nos dijeron que por el tema del meconio, Tomás podría haber nacido “verde”, pero por suerte no pasó. Sí pasó que el pequeño venía en posición posterior (lo que hubiera enlentecido el parto natural) y con una vuelta de cordón alrededor de su cuellito (un cordón que ya se había afinado demasiado para el gusto de los médicos). Por eso demoró algunos segundos más en llorar… y mientras el padre veía todo esto, yo seguía sin saber qué pasaba, sólo enterándome por la mirada preocupada del padre. Cuando lo escuchamos, fue la gloria. Ahí sí me conecté con la máxima felicidad del mundo. La neonatóloga lo trajo a mi lado y con la frase “esto no falla”, lo recostó contra mi cara y la hermosa criatura achinadita dejó de llorar.


De sus primeras fotos.


Tomás con seis días


Padre e hijo se fueron juntos de la sala, mientras procedían a cerrarme y vaya a saber uno qué más. Entré al hospital pasadas las 16 horas y Tomás nació a las 17.54. TODO eso pasó en menos de dos horas, aunque por los nervios, el dolor de las contracciones y la preocupación por los problemas que iban surgiendo, pareció una eternidad.

La recuperación fue un éxito, como lo fue todo el embarazo. Al mediodía del día siguiente ya estaba parándome “casi derechita”. Sentí algunos dolores sí, pero nada extraordinario. Asumo que tener al más lindo en mis brazos habrá ayudado a tener una mejor recuperación, haciendo que nada importe el tener que controlarme con un cardiólogo el tema de la presión, o el saber que un futuro embarazo tendrá que ser mucho más controlado por culpa de la albúmina y la preeclampsia. 

Obviamente lo amé desde antes que naciera, pero el ENAMORAMIENTO definitivo me llegó hace apenas algunas semanas. Tenía miedo de no lograr esa conexión madre-hijo que, de todas formas, había leído y escuchado que muchas veces no era automática. Por suerte ya me llegó. Gracias Pablo por permitirme ser la madre de este ser tan divino. Sin dudas, Tomás es lo mejor que hice en mi vida y mi corazón no puede sentirse más tibio de amor y orgullo.


Ya en casa

Bello

Amor

Mamá copada, mamá con nuevo look


(Este relato lo comencé a escribir porque... bueno, porque quería dejar un registro de lo que fue ese maravilloso día, y lo terminé de armar cuando salió la convocatoria de Srta. Peel para el Día de la Madre, el cual encontrarán pinchando aquí: http://srtapeel.com/blog/relatos-que-inspiran/)

No hay comentarios:

Publicar un comentario